Catania

OROLOGIO TARTARUGA, moverse en lo impredecible

Opinión 24 de enero de 2022 Por Obed Delfin

Orologio

Oíme bien Orologio, vos debés saber que el humano es hijo del hábito y tiene la necesidad de sentirse familiarizado con las actitudes de quienes lo rodean. Si vos te mostras predecible, le conferis a los demás la sensación de que tenes cierto control sobre vos mismo. Por eso te dijo que inviertas los papeles. Mostrate impredecible, porque las actitudes que en apariencia carecen de coherencia desconciertan a los demás, y así se cansan tratando de explicarse tus acciones. Pero tené cuidado que esa estrategia llevada al extremo puede intimidar y aterrorizar, por eso debés tener cuidado. Andate con tiento.

Así aconsejaba siempre la mama a Orologio.

Orologio Tartaruga

En el mes mayo, cuando vienen las diarreas, Lupacchiotto Agnello —Presidente del Congreso Nacional— esperaba ansioso en la bajaita a Orologio. Por eso había programado el debate para aprobar el presupuesto nacional del siguiente año, con su ley incluida.

Tartaruga no había llegado a tiempo y la sesión estaba en suspenso. Orologio había planteado objeciones a los montos a aprobar, a la forma en que éstos serían distribuidos y con el hecho de que la ley se aprobara sin discutirse debidamente. Era posible que en cualquier momento abandonara la sesión y no participar más, según se rumoreaba.

Lupacchiotto trataba de ser paciente. Los de la bancada le decían que Orologio lo estaba humillando y le propusieron que retirara la moción y suspendiera la sesión. Pero Agnello estaba decidido a llevar a cabo la aprobación de aquella ley y quería aprobarla cuanto antes. Sabía y quería destruir a Tartaruga, y nadie le iba a arruinar la mayor victoria de su carrera política. Por eso dijo:

—Todo nuestro trabajo no es en vano. Tenemos el triunfo en nuestras manos. Ese Tartaruga se la está jugando. Si viene aprobamos la ley y si no viene igual lo haremos. Ese es un político que está dispuesto a suicidarse y tiene todo el derecho a hacerlo.

Por fin, Tartaruga llegó a la sesión parlamentaria; pero los problemas y la posibilidad de que la sesión se cancelara continuaron. No le gustaba cómo estaban vestidos los diputados ni los senadores; se quejó que el salón olía a pintura fresca aunque hacia más de cien años que no lo pintaban;  criticó la iluminación que era la misma de siempre, se quejó del ruido de las cámaras y la televisión; encontró incomoda la silla en la que tenía que sentarse aunque era la misma de siempre. En ese momento, Lupacchiotto Agnello tomó la iniciativa y amenazó con suspender la sesión.

La farsa surtió efecto. Después de varias semanas de espera, de interminables e irritantes negociaciones, Orologio accedió a ir a la sesión. Todos se sentían aliviados, pero ninguno más que Lupacchiotto. Sin embargo, el día de la presentación oficial de la ley, Tartaruga llegó tarde; y el día en que debía comenzar la discusión de la misma volvió a llegar con retraso. Las consecuencias podían ser fatales. Porque si llegaba demasiado tarde podían perder la primera discusión de la ley.

 ¿Qué era lo que sucedía? ¿Estaría Orologio utilizando alguna trampa psicológica? ¿O le temía a Lupacchiotto Agnello? Los diputados y senadores, y el mismo Agnello, pensaban que Tartaruga estaba asustado. Sin embargo, a las 7:59 am apareció Orologio, faltaba un minuto para iniciar la discusión de la ley.

La primera discusión de una ley es fundamental, pues marca el tono que reinará durante toda la sesión. A menudo es una lucha lenta, en la que ambos bandos se preparan para la guerra y procuran adivinar las estrategias del otro. Aquella primera sesión fue diferente. Al principio, Tartaruga hizo un pésimo discurso, quizás el peor de su carrera; y cuando Agnello lo acorraló parecía que iba a abandonar la discusión. Sin embargo, Lupacchiotto Agnello sabía que Orologio nunca abandonaba una discusión. Porque aun cuando veía venir el final siempre discutía hasta el último momento. Esta vez, se le veía resignado. De pronto pidió un derecho de palabra que hizo murmurar a todo el salón. Lupacchiotto se sorprendió, pero se recuperó con rapidez.

Nadie tenía la menor idea de qué era lo que estaba tramando Tartaruga. ¿Había divagado en forma deliberada? ¿Estaba confundido? ¿Desconcentrado? ¿O, como pensaban algunos, estaba loco?

Perdió la primera discusión que se llevó a cabo esa mañana. Después de esa derrota, Tartaruga se quejó con mayor vehemencia del ruido del acondicionador de aire, de las cámaras de televisión y de todo lo que pudo. Para colmo, tampoco se presentó puntualmente a la segunda discusión de aquella tarde.

De esa manera, perdió las dos primeras discusiones. Ya el bando contrario veía venir la victoria de manera fácil. Ahora la discusión estaba dos a cero a favor Lupacchiotto Agnello, una situación difícil de la cual Orologio no podría recuperarse para ganar la discusión de la ley.

Resultaba evidente que Tartaruga estaba trastornado. Aun así, durante la tercera discusión tenía una expresión feroz que alteraba a Lupacchiotto y a pesar de estar hundido en la fosa que se había cavado el mismo se le veía confiado. Cometió otro aparente error al tener el derecho de palabra, pero su aire de confianza hizo que Lupacchiotto intuyera una trampa. Sin embargo, a pesar de sus sospechas, Agnello no logró detectarla y antes de que se diera cuenta Orologio cambio el sentido de la ley.

Lo cierto es que las tácticas poco ortodoxas de Tartaruga habían descolocado por completo a Lupacchiotto y a su bando político. Al final de esa discusión, Orologio saltó del asiento y salió corriendo mientras gritaba: “¡Lo tengo comiendo en mi mano!”.

Durante las discusiones siguientes, Orologio realizó malabarismos discursivos que nunca le habían visto hacer, proposiciones y contraproposiciones que no tenían nada que ver con su estilo. Ahora era Lupacchiotto Agnello el que comenzaba a cometer errores. Al perder la sexta discusión, Lupacchiotto se echó a llorar. Al final de la octava discusión, Agnello dijo que Orologio le había echado una brujería.

Al cabo de la decimocuarta discusión, Lupacchiotto Agnello convocó a su bancada política a una reunión y declaró:

—Orologio con una macumba está controlándome la mente. A lo mejor me ha puesto alguna droga en el café o ha pulverizado alguna sustancia química en el ambiente.

Agnello acusó públicamente a Orologio de poner en el salón de sesiones algo que le alteraba la mente. Lupacchiotto comenzó a quejarse de sufrir alucinaciones. Intentó seguir en la discusión, pero la mente no le respondía. No pudo continuar con la discusión de la ley. Y al final abandonó. Agnello, que era relativamente joven, nunca se recuperó de esa derrota.

En discusiones anteriores con Lupacchiotto, a Orologio no le había ido nada bien. Pues Agnello tenía una habilidad increíble para adivinar la estrategia de su contrincante y usarla contra de él. Era adaptable y paciente, armaba ataques que llevaban a la derrota a cualquiera. En cada oportunidad lograba derrotar a Tartaruga, porque veía mucho más allá y porque nunca perdía el control de la situación. Siempre buscaba la jugada que perturbara al contrincante.

Tartaruga terminó por comprender la clave del éxito de Lupacchiotto: éste jugaba con la predecibilidad del contrincante y así lo derrotaba con su propio terreno.

Todo lo que hizo Orologio fue poner la iniciativa de su parte, desconcertar y desestabilizar a Lupacchiotto Agnello. La interminable espera y los retrasos surtieron efecto sobre la psique de Agnello. El arma más poderosa fueron los errores deliberados cometidos por Tartaruga y su aparente falta de una estrategia definida. Con ello desestructuró todos los esquemas establecidos de Lupacchiotto.

Agnello era conocido por su sangre fría y su serenidad, pero por primera vez en su vida no logró adivinar las intenciones de su adversario. Poco a poco se fue desmoronando hasta que al final parecía que había perdido el juicio.

Tartaruga al no ofrecerle nada predecible en que basar su estrategia, le ganó con gran ventaja. En la política, cuando los demás no tienen idea de lo que estás haciendo entran en un estado de terror, se desconciertan, se confunden y cometen todos los errores posibles.

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