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Caudillos, Historiadores y Pueblo

Cultura 13 de marzo de 2022 Por Rafael Simón Jiménez - Revista En El Tapete
Jóvito Villalba el dirigente indiscutido de la generación del 28, y el maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa, luchas democráticas siempre tuvieron en la educación popular y gratuita. Por Rafael Simón Jiménez

Rafael Simón Jiménez

De la tan cautivante como fecunda e incansable pluma de nuestro laureado historiador y distinguido hombre público, Ramón J. Velásquez, ve la luz editorial bajo los auspicios de la fundación Bancaribe, su libro intitulado Caudillos, historiadores y pueblo, en el que se agrupan crónicas, discursos y trabajos históricos que en su conjunto representan un recorrido por toda nuestra historia republicana, desde el Congreso fundacional de 1811, hasta la semblanza de personajes que jugaron un papel fundamental en la génesis y consolidación de nuestra democracia contemporánea de la talla de Leonardo Ruiz Pineda, Luis Beltrán Prieto Figueroa y Jóvito Villalba.

Al enjuiciar al congreso constitutivo de 1811, Velásquez realiza un análisis retrospectivo de todo el proceso que partió el movimiento emancipador, desde la formación de la sociedad colonial, y los intereses y contradicciones que se fueron incubando en su seno y que se remontan al siglo XVII, el autor las rememora en sus antecedentes: la de Losada en el Tocuyo en 1601, la de Andresote, la de Juan Francisco de León, la de los comuneros de Mérida, eco de la Rebelión del Socorro, e igualmente como fueron permeando las ideas de la ilustración en las elites lugareñas: Locke, Condillac, Voltaire, Paine, Franklin, Volney, Holbach, Reynal, que se filtran por los intersticios de la inquisición. Dotar a la República de leyes que canalicen las aspiraciones de todos y que sean el árbitro de los conflictos internos y legar los principios democráticos son a juicio de nuestro comentado historiador los más importantes aportes de los hombres de nuestro primer Congreso constituyente.

En la segunda parte del enjundioso trabajo histórico, el expresidente revisa la personalidad y el contexto de los dos caudillos más importantes del siglo XIX venezolano: José Antonio Páez y Antonio Guzmán Blanco, dos personalidades notoriamente distintas, en carácter, formación, autoridad, origen social, a quien tocara por distintas veces garantizar periodos de paz a la convulsa República. Páez, es el jefe llanero, cuyo ímpetu y don de mando resulta decisivo en el desenlace de nuestra Guerra de Independencia, y luego se proyecta como el hombre fuerte que lidera el proceso de secesión de la Gran Colombia y los primeros dieciocho años de la nueva República. Es el hombre que atraído por el amor de Barbarita Nieves, transmuta de la elementalidad a la superación cultural, y que sin embargo siempre está bajo la influencia de un mal concejero llamese Miguel Peña, Ángel Quintero y Pedro José Rojas, que lo hacen en su decadencia política y militar caer en el absurdo de su última dictadura que a él mismo le parece de ingrata recordación.

Antonio Guzmán Blanco, es si se quiere el caudillo "sorpresa", que al ser elevado en grado militar como recuerda Velásquez, se atreve a decirle al mariscal Falcón “por favor, general, cuando se enteren de esto, se van a reír de mí en Caracas”. Es un hombre de formación académica, de hábitos citadinos y cultura exquisita, todo dominado por la extraordinaria personalidad de su padre Antonio Leocadio Guzmán, a quien Mariano Picón Salas califica como el "demagogo por excelencia". Guzmán edificará su largo y trastocado liderazgo sobre la base de una alianza, de un pacto con el caudillismo regional, que incluye a jefes conservadores que se pliegan a su hegemonía. El historiador recuerda la inauguración de la Academia Venezolana de la Lengua, correspondiente a la Española, donde Guzmán pronuncia un largo y enjundioso discurso destinado a demostrar los orígenes del idioma castellano.

Capítulo especial del libro en comento merece la incorporación a su contenido del discurso pronunciado por Ramón J. Velásquez, el 1º de diciembre de 1971, con motivo de ocupar el sillón dejado vacio por Caracciolo Parra Pérez en la Academia Nacional de la Historia, el mismo lo inicia haciendo una precisión sobre su disertación "ha sido costumbre en esta casa, que el recipiendario del galardón divida su oración en dos instancias: la una dedicada a la memoria del académico extinto, la otra consistente en la tesis que el electo se propone desarrollar, pero yo he querido dedicar la totalidad de estas páginas a señalar el valor singular de la obra histórica de Caracciolo Parra Pérez"; y de seguida habla de lo monumental de esa obra por la calidad de los temas y la alteza con que los trato.

El recorrido por la obra de Parra Pérez le permite al orador hacer revisión de los aportes de los historiadores que lo antecedieron o fueron sus contemporáneos, refiriendo las investigaciones, el estilo y la prosa de Gil Fortoul, Lisandro Alvarado, Baralt, Larrazábal, González Guinand, Zumeta, Seijas, López Méndez, Blanco Fombona, Pocaterra, adscritos a distintas corrientes filosóficas, históricas o literarias, a enfoques, maneras de transmitir y prosas distintas.

La parte final del texto de Velásquez, luego de un enjuiciamiento de los trabajos y las personalidades de escritores de la talla de Enrique Bernardo Núñez, Ramón Díaz Sánchez, Santiago Briceño y Domingo B. Castillo, y de una semblanza de José Rafael Pocaterra y su aventura junto a Román Delgado Chalbaud en la invasión del Falke, que costara la vida a este último, la dedica a tres personajes que conoció de cerca: a su amigo de primera juventud Leonardo Ruiz Pineda, quien junto a él emprendiera la cautivante aventura de conquistar Caracas y que luego fuera supliciado al asumir a todo riesgo el liderazgo de la lucha contra la última dictadura. Jóvito Villalba el gran tribuno y el dirigente indiscutido de la generación del 28, y el maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa, cuyas luchas democráticas, siempre tuvieron en la educación popular y gratuita, el sentido de una labor que se inicio en el congreso de 1936 con la propuesta de la primera ley de Educación y en la que fue infatigable el pedagogo margariteño.

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