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Las “Tristia” de Ovidio y los “Cuadernos del destierro”. Reflexiones para una poética del exilio

Cultura 11 de abril de 2022 Por Mariano Nava Contreras - PRODAVINCI
Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y llorábamos acordándonos de Sión… Salmo 137
Ovidio
Ovidio

Sigue siendo un misterio la razón por la que Augusto decidió desterrar a Ovidio a la lejana ciudad de Tomis en la costa del Mar Negro, en los confines mismos del imperio. En el segundo libro de sus Tristia, que es un largo alegato de su inocencia, el poeta menciona un carmen et error como motivo de la condena. El carmen (“poema”), el mismo poeta lo reconoce, no es otro que su Ars amandi, el “Arte de amar”, poema en tres libros publicado entre los años 2 a.C. y 2 d.C. Allí Ovidio se explaya en una serie de consejos sobre cómo tener aventuras amorosas: dónde encontrar mujeres en Roma, cómo cortejarlas, cómo conquistarlas, cómo conservar a una amante, cómo recuperarla si la hemos perdido, cómo evitar que nos la arrebaten. Los dos primeros libros, “Cómo y dónde encontrar a una mujer” y “Cómo mantener un amor ya conseguido”, estaban dirigidos a hombres y fueron escritos entre el año 2 a.C. y el 1 d.C. Es cuando, en vista de su éxito inesperado, Ovidio se anima a escribir un tercer libro, esta vez dedicado a las mujeres: “Consejos para que las mujeres puedan seducir a un varón”, publicado probablemente en el año 2 d.C.

No es difícil imaginarlo, el éxito del Ars amandi le ganó a Ovidio una popularidad inmensa en Roma, mayor que la de cualquiera de sus contemporáneos. Sin embargo, el poema apareció en mal momento, pues no se avenía con la política de regeneración moral que adelantaba Augusto. A ello añadiremos la airada reacción de los sectores más conservadores de la sociedad romana, que no tardaron en pedir la cabeza del poeta. Respecto del error, poco podemos decir que no sean conjeturas, pues Ovidio, temeroso, lo calla. Se dice que uno de los entretenimientos favoritos de los latinistas es formular teorías conspirativas acerca de la razón del exilio de Ovidio. En efecto, se especula que el poeta pudo haber sabido algo relacionado con Livia, la esposa del emperador, o con sus hijas, lo que enfadó a Augusto. Otros sugieren que pudo haber tomado parte de alguna conjura contra el emperador, en cuyo caso la sentencia seguramente hubiera sido directamente la muerte y no la relegatio, el destierro. Ovidio simplemente calla: “sobre la culpabilidad del segundo de estos delitos es mejor que calle, pues no valgo tanto la pena como para reabrir tus heridas, César, y el que hayas sufrido una sola vez ya es más que demasiado” (II 208-211). Lo cierto es que en el año 8 Ovidio fue desterrado y nunca más pudo volver a Roma. La sentencia incluía la prohibición del Ars amandi y su retiro de las bibliotecas públicas.

Las Tristia (“Tristes”, traducen algunos) es una colección de cincuenta cartas escritas por el poeta desde el exilio, en metro elegíaco y dirigidas a su esposa, a sus amigos (los fieles y los traidores) y al propio emperador. Sin duda la intención era tocar la sensibilidad de Augusto y conseguir su perdón. En ellas, Ovidio echa mano de una serie de recursos que terminarán por convertirse en lugares para una literatura del exilio: “Librito”, dice a su poema, “irás sin mí a la ciudad de Roma, ¡ay de mí! adonde a tu dueño no le está permitido ir. Ve, pero sin adornos, cual conviene a un desterrado: viste, infeliz, el atuendo adecuado a tu desdichada circunstancia” (I, Prólogo). Las Epistulae ex Ponto en cuatro libros, compuestas entre los años 12 y 13 d.C., completarán la colección de sus cartas desde el exilio.

El recuerdo, la pena, la nostalgia tienen, por supuesto, un lugar protagónico en una poética del exilio que no deja de compartir con la retórica su intención manipulatoria: “Cuando me viene al recuerdo la funesta imagen de aquella noche en la que transcurrieron mis últimos momentos en Roma, cuando recuerdo la noche en la que abandoné a tantos seres queridos, todavía ahora me bajan las lágrimas de los ojos” (I 3). Roma, más que una ciudad, es una patria afectiva, pero también la representación de una vida pasada que transcurría en un ambiente liberal, rodeado de lujos y refinamientos. Al “célebre cantor de los tiernos amores”, como él mismo se llama (IV 10), al poeta libertino que contaba con desenfado sus propios escarceos eróticos en los Amores y los impulsos carnales de los dioses en las Metamorfosis no le cabe duda del origen de su desgracia: “Cuando aún no había sufrido daño alguno y era feliz, canté cosas alegres y juveniles; sin embargo, ahora me pesa haberlas compuesto” (V 1).

En este universo de erotismo y refinamiento, al otro extremo de la Roma voluptuosa y cosmopolita se encuentra Tomis, la pequeña ciudad semibárbara en la que el poeta se encuentra expatriado: “Sufro con paciencia los peores males, arrojado en medio de enemigos y ningún desterrado está tan lejos de la patria como yo. Solo, relegado a las desembocaduras del Histro de siete brazos, de los cíziges, los colcos y de las hordas de meteros y de getas, a duras penas las aguas del Danubio me separan y protegen” (II 186-193). Numerosos son los vocablos con que el poeta expresa su desventura: exulis, luctibus, lacrimis, miser. Su exilio, teme el poeta y no se equivocó, habrá de prolongarse más allá de la vida: “si el espíritu inmortal vuela sublime por el vacío espacio y si las afirmaciones del viejo de Samos (Pitágoras) son verdaderas, mi sombra romana vagará entre las de los sármatas y siempre será extraña en medio de manes salvajes” (III 62-64).

En su “Prólogo” a la Obra Entera de Rafael Cadenas (FCE, 2000), José Balza sospecha que, quizás, los Cuadernos del destierro, “de prosa lujosa y fraseo complejo”, sean la excepción de una poética a la que define este adusto trío: “concisión, calidez y soplo”. Tampoco Cadenas, como otros llevados antes por el oscuro sino del exilio, resiste el impulso de escribir su destierro en Trinidad entre 1952 y 1957. No debe sorprendernos encontrar aquí los elementos de la poética ovidiana del exilio. A la tristeza y el sentimiento de la propia tragedia (“Yo era el guardián de mi propia desgracia”) seguirán la angustia y la ansiedad (“De noche, bajo el acoso de sueños intranquilos, despertaba con un grano de sal en la frente”). Al sentimiento, tal vez certidumbre, de la extrañeza (“Mi rostro ¿dónde estaba? Debí admitir, tras dolorosa evidencia, que lo había perdido”); al de la perplejidad (“Mis restos se apilaban como los colores en una isla inerme entre tornados que nadie podía conjurar”); seguirá el de la impotencia ante el propio destino (“Desasistido como el primer infante cruzado a lo largo por miedos irrescatables, llevado y traído por una fuerza aún no identificada”), el de soledad por la lengua perdida (“De aquel idioma raro y de mis pasos por la tierra dicha no existe imagen que esté hoy extinguida”).

El paisaje interior se hace presente con su mensaje de extrañeza, de un exotismo impuro cuyo impacto en el paisaje poético se muestra inevitable: “Calles manchadas de fluidos vegetales, de baba ebria, de sexo negro, de mugres provisionales, de hálitos sacros, de africanas flexiones, de alas de loto, de mandarines venidos a menos, de dragones rotos, de fosforescencias de tigra, de aires balsámicos de amplios valles búdicos”. Una emocionalidad que se expresa en paisajes de lejanía, modelados a partir de lejanos referentes: “He reclinado mi cuerpo sobre el alba de Persia que magnifica a los de apasionado corazón. Vi indios piel roja destituidos de sus praderas, al dios Osiris rodeado de cuervos, a los viquingos que escaparon al volcán, a un caballero desencantado con un halcón al hombro, a un emperador romano con sus trofeos de vírgenes desnudas y pájaros de remoto plumaje”.

Todo nos habla de una tradición pretérita aunque vigorosa, primigenia por cainita, cuanto puede ser la del hombre expulsado de su entorno, arrojado a una soledad sin retorno. Es lo que convierte Ovidio en una poética y en una estética. Sus cartas cobran vida propia, viven para decir su tristeza: “Yo, carta de Nasón, vengo desde el litoral Euxino, cansada de mar y de camino” (V 4). Nostalgia y melancolía, tristeza y desarraigo, miedo e indefensión, incertidumbre, Ovidio sabrá plasmar el pathos del destierro en esta poética doliente. Al configurar una estética del exilio, el poeta marca unas coordenadas que definen el paisaje de la terra remota como representación de la pena y el extrañamiento, como antítesis de esa Roma, Urbe culta y refinada, patria interior, espacio afectivo tan lejos de Tomis, frente a las olas revueltas del Ponto, o de Trinidad en el Caribe.

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