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Cuando el aire se hace irresperable

La nueva ‘revolución verde’ anunciada el año pasado por el Gobierno de Pekín se ha propuesto conseguir la neutralidad de carbono para el año 2060, un objetivo ambicioso para el que no deberían escatimar esfuerzos e inversiones.

Ciencia/Tecnología 03/04/2021 National Geographic

Aire


“¡Me falta el aire!”, gritaba mientras subía las atestadas escaleras que conducen al altar del Templo del Cielo de Beijing, el santuario en el que los antiguos emperadores de las últimas dos dinastías de China realizaban sacrificios y ofrendas a los dioses. “No puedo respirar”, volvía a quejarme, como si mis súplicas pudiesen ser escuchadas por los espíritus errantes de aquellos representantes del cielo en la tierra. Pero aquella sensación de ahogo no era para nada mística, sino más bien terrenal, y se repetía durante toda mi estancia en la capital del antiguo imperio. No era raro el día en el que el esmog (la niebla mezclada con humo y partículas en suspensión) no se apoderara del cielo al caer la tarde hasta borrar por completo toda visibilidad. La atmósfera se volvía densa y el aire se tornaba irrespirable. A veces aquella neblina omnipresente acababa disipándose parcialmente, empujada por una lluvia repentina que te empapaba por completo de barro y suciedad. O todavía peor: se mezclaba con tormentas de arena procedentes de Mongolia que pintaban el cielo de un color amarillento, lo que daba a la ciudad un aspecto apocalíptico.

 

Hace unas semanas Beijing volvió a amanecer con el cielo teñido de ocre debido a una tormenta de arena y polvo procedente de Mongolia (imagen superior), la peor registrada en la última década. La capital de China quedó completamente impregnada de una neblina que tardó días en desaparecer, la visibilidad se redujo a la mínima expresión y la exposición de partículas nocivas PM10 y PM2,5 en el aire se multiplicó hasta unas 20 veces la cantidad máxima permitida por la OMS.

Episodios como este son habituales en este país asiático, especialmente en el norte, una región cada vez más azotada por estas tormentas llegadas del desierto de Gobi, que sigue avanzando a pesar de los programas de reforestación llevados a cabo por el Gobierno en los últimos años. Las mascarillas, hoy omnipresentes en la lucha contra la COVID-19, hace tiempo que son un complemento habitual para los habitantes de las grandes ciudades chinas. Y no es para menos, teniendo en cuenta que se estima que en este país el aire contaminado siega la vida de unos 1,8 millones de personas al año.

Tal y como apunta el reportaje de portada de este mes “El precio letal del aire contaminado”, los habitantes de los países más poblados del mundo -entre ellos China, la India y Pakistán- respiran el aire menos puro de todo el planeta, mientras que las 50 ciudades más contaminadas del mundo se encuentran en Asia, un dato que da una idea de la magnitud del problema al que nos enfrentamos.

El mismo artículo apunta que, a pesar de que últimamente las políticas del Gobierno de Pekín han rebajado los niveles de partículas PM2,5 en un 30%, ello no ha evitado que en 2019, el último año del que se tienen registros, más de 1,4 millones de personas perdieran la vida como consecuencia de la mala calidad del aire.

Sin embargo, tal y como apunta Beth Gardiner en el texto, todavía hay motivos para la esperanza. “Una de las características más sorprendentes de la contaminación atmosférica es la rapidez con la que mejora la salud cuando esta desaparece”, afirma la autora, quien recuerda que “hasta las reducciones más modestas y localizadas de contaminantes como las partículas PM2,5 o el dióxido de nitrógeno se traducen de inmediato en un número menor de ataques de asma, infartos y muertes”. En China, los efectos de la reducción de la contaminación en la salud ciudadana es palpable, pues, según apunta el texto, “los investigadores llegaron a una conclusión impactante: la mejora de la calidad del aire durante el confinamiento de principios de 2020 salvó más vidas de las que se cobró el Sars-CoV2”.

Uno de los medios más eficaces para recortar las emisiones de carbono responsables de esa contaminación son las nuevas normas medioambientales. Del mismo modo que la Ley de Aire Limpio alargó la vida a millones de estadounidenses desde su aprobación en la década de 1970, las nuevas normas relacionadas con la economía verde diseñadas por el Gobierno chino deberían mejorar considerablemente la salud de cientos de millones de habitantes.

Según un informe publicado hace unos años por el Programa de Medio Ambiente de las Naciones Unidas, a lo largo de los últimos 20 años la capital de China ha reducido entre un 25 y un 83% la proporción de agentes nocivos presentes en el aire. De estos, las partículas finas PM 2,5 -procedentes, entre otras fuentes, de la actividad de las fábricas, las emisiones de los vehículos y la quema de residuos- disminuyeron un 35% entre los años 2013 y 2017, un hito conseguido gracias a medidas como la reconversión industrial o la reducción de la quema de carbón.

La nueva ‘revolución verde’ anunciada el año pasado por el Gobierno de Pekín se ha propuesto conseguir la neutralidad de carbono para el año 2060, un objetivo ambicioso para el que no deberían escatimar esfuerzos e inversiones. 

Ojalá en un futuro no muy lejano el cielo de Beijing se muestre siempre tan azul como el que encontraban los antiguos emperadores y su ostentoso séquito cuando se dirigían al Templo del Cielo en busca de buenas cosechas. Solo entonces podremos afirmar que la Capital del Norte ha ganado por fin la batalla contra su peor enemigo: el aire contaminado.

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