Perón en Barinas

Cultura 06 de julio de 2021 Por Gehard Cartay Ramírez

Luego de su derrocamiento como presidente de la República Argentina, ocurrido en septiembre de 1955, el general Juan Domingo Perón se exilió en Venezuela, protegido por la dictadura del también general Marcos Pérez Jiménez.

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Antes había estado en Paraguay, acogido inicialmente por el también dictador y general Alfredo Stroessner, quien luego le recomendaría irse a otro país ya que, dada la cercanía con Argentina, él no podía garantizarle su seguridad personal. Luego seguiría su periplo de exiliado a Panamá y más tarde a Nicaragua, donde contó con la protección del general Anastacio Somoza, otro dictador. Pero, al poco tiempo, decidió radicarse en Caracas, donde conocería su segunda esposa, Isabelita, argentina también, en un club nocturno de la capital.

Ya en Venezuela hizo algunas giras por el interior del país, siempre en compañía de un séquito de ex funcionarios argentinos suyos y de una escolta de agentes de la Seguridad Nacional, además de las autoridades regionales de cada zona. Se dice que nunca se reunió con el presidente Pérez Jiménez, en virtud de que este desconfiaba de él por su pasado populista y demagógico. Otros han asegurado que lo asesoró en algunas materias.

En una de esas visitas por el interior estuvo en Barinas, entonces un pueblo pequeño, donde todos se conocían y la amistad se cultivaba entre la mayoría de sus habitantes. Los días eran largos y soleados. Sus escasas y amplias calles registraban poco movimiento, tal vez uno que otro vehículo de los pocos existentes. Recuerdo especialmente los serenos mediodías, cuando todo se convertía en una soledad absoluta, mientras los parroquianos, luego de almorzar, se entregaban al sopor de las siestas calurosas. En realidad, la actividad de aquella pequeña ciudad era visible en las mañanas: entoncesse observaba gente en los pocos negocios, en las oficinas públicas y por las aceras deambulaban algunos viandantes.

El general Perón la visitó los días 19 y 20 de agosto de 1957. Vino a participar en la inauguración de una estación de gasolina en Boconoíto, estado Portuguesa, en la zona limítrofe con Barinas, propiedad de un alto funcionario del régimen, según se decía por aquellos días. Imagino que antes había sido invitado por el gobernador barinés, abogado Luis Alberto García Monsant, a visitar la ciudad llanera. Se alojó en el recientemente inaugurado Hotel Llano Alto, único en su tipo por haber sido construido mayormente con madera y con una arquitectura muy llamativa.

Yo estudiaba apenas tercer grado en el Grupo Escolar Estado Guárico. Por supuesto que no sabía entonces quién era Perón. Disfrutábamos entonces de vacaciones escolares y, por lo general, en esos días solía acercarme al negocio de mi padre, situado frente a la plaza Bolívar. Pero ese 19 de agosto, estando con él en las puertas del “Centro de Amigos” –que así se llamaba–, vimos al frente del palacio de gobierno un movimiento inusual de gente, vehículos, policías y guardias nacionales. De la caravana que acababa de estacionarse salieron varias personas y caminaron hacia el centro de la Plaza Bolívar, donde estaba la estatua del Libertador. Hicieron unas ofrendas y al ratoregresaronal Palacio del Marqués, sede de la gobernación. Recuerdo a uno de esos señores –cuya estatura lo hacía sobresalir sobre el grupo–, simpático, blanco pálido, sonrisa perfecta, pelo negro peinado con fijador y elegante flux claro, con vistosa corbata, sobre quien convergían todas las miradas, a las que respondía cordialmente con breves inclinaciones de cabeza.

Seguramente algunos de los transeúntes y curiosos presentes tampoco sabían quién era aquel personaje de tanta prestancia. Venezuela y Barinas, muy especialmente, no estaban intercomunicadas con el mundo exterior, como hoy acontece a través de la TV y las redes sociales, que nos permiten están enterados al instante de todo cuanto ocurre en todas partes. Y el general Perón, aunque ya era un personaje internacional reconocido, no era una cara familiar para los que curioseaban a su alrededor, salvo algunos pocos enterados y tal vez ciertos miembros de su comitiva. Se dice que luego, camino al hotel –que entonces estaba en las afueras de la ciudad–, hizo detener la caravana para entrar a una farmacia a comprar algo y caminar por las adyacencias saludando a quienes lo reconocían.

Años después, conversando con mi padre y con Manuel, el hermano mayor, me enteré de que aquel personaje era nada menos que Juan Domingo Perón, el ex presidente de la República Argentina, quien había sido derrocado apenas dos años antes, y se encontraba exiliado en Venezuela.

Por esas conversaciones también supe que sus anfitriones le brindaron una ternera a la llanera en una finca cercana a la ciudad, donde seguramente el político argentino rememoraría con nostalgia el “asado” de su país, también afecto a la carne a la parrilla. En horas de la noche sería agasajado con una cena formal en el ya mencionado Hotel Llano Alto, a la cual asistieron representantes del régimen y de las “fuerzas vivas” de la región.Allí hizo uso del carisma y la simpatía que le eran características y entabló conversación con buena parte de quienes le acompañaron en el ágape. Por desgracia, han resultado infructuosos mis esfuerzos por conseguir alguna gráfica de tales actividades.

Fue una visita breve, en efecto, pero todo un acontecimiento en aquella Barinas bucólica donde casi nunca ocurría algo importante.


Sin embargo, la estadía del general Perón en Venezuela no estuvo exenta de dificultades. Ese mismo año de su visita a Barinas, el 27 de febrero –casi seis meses antes–, día de la Independencia de Argentina, fue colocada una bomba de tiempo en su automóvil, en momentos en que el chofer se trasladaba desde el centro de la ciudad hasta la residencia del expresidente argentino, ubicada en El Rosal, en Caracas. Aquel hombre salió ileso, a pesar de la destrucción parcial de vehículo.

Casi tres años después, el 25 de enero de 1958, a escasos dos días de la caída de la dictadura de Pérez Jiménez, Perón se asiló en la embajada de República Dominicana, por razones de seguridad y por su vinculación con la tiranía derrocada. Y el 28 de enero fue “invitado” por la Junta de Gobierno, presidida por el vicealmirante Wolfgang Larrázabal, a abandonar el país. Ese mismo día partió hacia el país dominicano, presidido entonces por el dictador y generalísimo Rafael Leonidas Trujillo, “Chapita”, quien lo acogió bajo su protección.

Posteriormente, en 1960, se radicaría en España, huésped del también generalísimo Francisco Franco. Se reiteraba así que Perón se sentía mejor entre dictadores militares, a pesar de que él había sido elegido dos veces presidente en elecciones democráticas. Residiría en Madrid hasta su triunfal regreso a Argentina en 1973, cuando fue electo por tercera vez como presidente de la República, aunque moriría a los pocos meses. Lo sucedería la vicepresidente, su esposa Isabelita, quien sería derrocada al poco tiempo.

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Por Gehard Cartay Ramírez / EnElTapete.com

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