OROLOGIO TARTARUGA, cuando todo depende del prestigio

Opinión 27 de julio de 2021 Por Obed Delfin
Obed

Te lo voy a decir de nuevo Orologio para que no se te olvide, le decía la mama; el renombre y el prestigio constituyen la piedra angular del poder, recordá esto que te dijo. Cuando se tiene prestigio éste es suficiente para intimidar a cualquiera, y con eso le ganais de mano.

Mirá, una vez que el prestigio decae vos te volvés vulnerable y vais a ser atacado por todos los que antes te respetaban, porque del árbol caído todo el mundo hace leña.

Converti el poco prestigio que tenés, que no es mucho, en una fortaleza que no le entre ni coquito. Mantenete alerta frente a la gente que te ataque con chisme y corrillos, desbaratá los mismos antes de que se produzcan.

Al mismo tiempo, aprendé a destruir a tus enemigos abriéndoles brechas en su reputación, que casi nunca es muy limpia; porque te dijo que vos andais con puros malevos. Luego das un paso al costado y dejá que la opinión pública los crucifique.

Recordá, defendé a muerte el prestigio que tenés, que no es mucho. Así le decía la mama a Orologio.

Orsacchiotto Leonessa

Durante la guerra de los Tres Golpes, ocurrida por los años de cuando a la rana le salgan pelos, el comandante Orsacchiotto Leonessa, que estaba en ese momento alebrestao con una pechugona que había conocido, envió al ejército hacia un campamento distante, mientras él se quedaba descansando a pierna suelta en el mejor mavil del pueblo. Solo se quedó con unos pocos soldados que pertenecían a  la camarilla más cercana.

Mientras estaba enchinchorrao con la susodicha, los guardias le avisaron que se acercaba como unos 150.000 hombres del bando enemigo, que ya estaban en la esquina de la calle. Como solo contaba con un puñado de soldados, la situación de Orsacchiotto pintaba color de hormiga.

Y todos se preguntaban qué pasaría si el enemigo capturaba a Orsacchiotto Leonessa, que era el líder máximo. Todos estaban chorreados y corrían para todos lados viendo dónde se escondían.

Sin lamentarse de su suerte ni perder más tiempo con la pechugona, porque lo habían tomado desprevenido y con los pantalones a la rodilla, Orsacchiotto ordenó a las tropas agarrar lo que haiga y salir en volandas de aquel mavil para ocultarse donde fuese.

Salieron pitando y se escondieron en la parte de atrás de una empalizada, desde donde  se podía ver con facilidad la calle por donde venía el enemigo. En el apuro Orsacchiotto se puso el babydoll de la pechugona. Nadie se burló por el mal carácter de  Orsacchiotto y que después se podía vengar; además todos estaban pendientes de lo que hicieran los hombres que habían llegado.

Le prestaron unos pantalones y una camisa para que se adecentara, y Leonessa se puso a charrasquear un cuatro haciéndose el pendejo, mientras miraba por el rabo del ojo lo que hacían los hombres del enemigo. Se dio un guarapazo y se puso a cantar “estas son las mañanitas”. Aunque era como medianoche.

Al ratico vio que el enemigo se acercaba y eran que jode; simulando no verlos, Orsacchiotto continuó cantando y tocando el cuatro. Pronto el enemigo llegó cerca de la empalizada y de inmediato reconocieron al hombre que estaba sentado sobre el murete.

Supieron de inmediato que era Orsacchiotto Leonessa, ahí mismo les entro cierto culillo y recularon, porque sabían que ese hombre era bravo y había que ser valiente para hacerle frente, aunque estuviese solo.

Se hicieron los remolones y lo miraban de reojo sin atreverse a hacerle frente, aunque aparentemente eran mayoría; pero no estaban seguros de echársele encima porque la fama de aguerrido de Orsacchiotto  era mucha. Y no se atrevían a pisarse una bola.

Como quien no quiere la cosa, el enemigo se fue echando pa’trás poco a poco, pendiente de alguna emboscada. Porque sospechaban que Orsacchiotto les estaba tendiendo alguna trampa para echarle el lazo. Como pudieron agarraron las de Villadiego y se fueron por donde vinieron.

Los hombres le tuvieron miedo al prestigio de Orsacchiotto Leonessa y no se atrevieron a atacarlo. Porque conocían que éste era embraguetao pa’lante.   Titubearon y ahí perdieron el ánimo.

Lo cierto es que el enemigo se fue por donde vino, y Orsacchiotto se volvió para el mavil a terminar lo que había empezado.

Orsacchiotto Leonessa era conocido como “Caimán en boca de caño”. Sus proezas eran legendarias y conocidas en todos lados. Su arrojo y valentía eran sin igual, y conocidas por los enemigos a los cuales les ganó batalla tras batalla.

Por eso cuando los enemigos lo oteaban en el horizonte se ponían alerta y salían espantados. Muchos habían peleado docenas de veces con él y lo conocía bien. Por eso cuando lo vieron sobre la empalizada con el cuatro recularon.

Orologio Tartaruga

El joven Orologio Tartaruga, que trataba de afirmar su reputación de ser el mejor productor de espectáculos musicales, decidió comprar un botiquín que lo estaban vendiendo a buen precio; porque los dueños se habían metido en rollo de los mil demonios. Tartaruga lo estaba tratando de comprar para convertirlo en un cabaret de lujo.

El único problema es que Orologio no tenía dinero, ni una puya partida por la mitad. Y pedían 250.000.000 de dólares por el botiquín. Tartaruga presentó una propuesta que les resultó atractiva a los dueños, a pesar de que Orologio sustituía el dinero en efectivo por puras garantías y referencias.

Los propietarios llegaron a un acuerdo verbal con Tartaruga, pero a último momento el socio principal cambió de idea, y el botiquín se lo vendieron a unos calanchines que le tenían ojeriza a Orologio.

Aunque Tarturaga estaba furioso, no dijo nada. Porque el CDM del socio principal le dijo, como Don Vito Corleone:

—”Los negocios son los negocios”, y el botiquín se lo vendimos al Pelao porque éste tiene una gran reputación, cosa que usted Orologio carece.

¡Así es la verga!, se dijo Tartaruga para sus adentros.

Orologio decidió, que como no tenía ninguna reputación para negociar y acordándose de su mama, que su único recurso consistía en arruinar la reputación del Pelao.

De modo que inició una campaña de difamación. Envío cartas a los diarios y a la televisión e incluso por las redes sociales, en las que acusaba al Pelao y a su gente de ser una banda de “políticos corruptos”, que no tenían ni idea de cómo manejar un botiquín y menos de cómo entretener al público. Porque éstos hasta la cantina de la escuela la habían quebrado.

 Advirtió a todo el que pudo que no fueran a beber al botiquín del Pelao, porque los iban a robar porque el aguardiente estaba adulterado, que las sardinas fritas estaban en mal estado y que las guacharacas no eran de fiar.

La campaña resultó eficaz. Y la gente tenía recelo de ir al botiquín del Pelao. Como nadie iba, no vendían nada. Cada vez cerraban más temprano por la falta de clientela, porque la gente no tenía confianza en la reputación del botiquín ni en los antecedentes del Pelao, que había hecho correr Tartaruga en su campaña de difamación.

Pasado unos meses el Pelao desistió del botiquín porque no daba y era mal negocio, se lo vendió a precio de gallina flaca a Tartaruga.

Al Pelao le llevó años recuperarse de esa mala fama y nunca olvido lo que le había hecho Tartaruga. El Pelao, más adelante decidió difamar a Orologio forjándole fama de putañero, que promovía programas indecentes en el botiquín y que era un vulgar por esa jeta.

Al principio el Pelao logró atraer la atención de la gente sobre Orologio, y tener algo de éxito. Sin embargo, Tartaruga, recordando a su mama, decidió defenderse atacando de nuevo la reputación del Pelao.

Organizó un espectáculo donde se metía hasta con la mama del Pelao; la gente que ya había oído cuentos de la doña empezó a murmurar y a hacer más grandes los chismes. Orologio repitió este y otros espectáculos durante semanas. Donde le sacaba los trapitos al sol al Pelao, al poco tiempo ya nadie tomaba en serio al Pelao y la poca respetabilidad que aún tenía se vino al piso.

El Pelao decayó tanto que hasta tuvo que mudarse de ciudad y cerrar todos sus negocios.

Durante años, Tartaruga, gracias a los consejos de mama, logró establecer una reputación de hombre audaz, honesto, responsable y consumado productor de espectáculos. Su fama perduró por la eternidad y más allá. El Pelao, en cambio, nunca logró recuperar su reputación.

Orologio utilizó dos tácticas para arruinar la reputación del Pelao. La primera fue simple, puso en duda la estabilidad y la solvencia del Pelao. Y la duda es un arma poderosa, porque una vez que ésta se siembra es más fácil matar un burro a pellizcos que revertir los rumores insidiosos.

El Pelao, en este sentido, se encontraba frente a un dilema. Por un lado, podía negar los rumores e intentar demostrar que lo habían difamado. Sin embargo, siempre quedaría la sombra de la duda. La gente diría, si es tan inocente ¿Por qué se defiende tan desesperadamente? ¿Acaso hay algo de verdad en los rumores que procura desmentir? Por otra parte, si los ignoraba los rumores entonces la misma gente se encargaba de irlos fortaleciendo.

Como la difamación se había ejecutado de manera correcta, el Pelao al oír los rumores se había enfurecido y desestabilizado de tal forma, que al intentar defenderse cometía cada día más errores.

Una vez que Orologio Tartaruga estableció su reputación utilizó la segunda táctica. La de hacer demostraciones de grandes espectáculos y ser generosos con todos los que iban al botiquín, que había convertido finalmente en un cabaret de lujo.

Los espectáculos ridiculizaron la reputación del Pelao hasta el extremo. El negocio resultó exitoso, y una vez que había ganado una sólida base de respeto, dirigió su atención a consolidar su propia reputación de hombre honesto y exitoso.

Todo esto a que Orologio fue un hijo obediente de los consejos de su mama.

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