OROLOGIO TARTARUGA ganar a través de las acciones

Opinión 17 de agosto de 2021 Por Obed Delfín
Eso era lo que siempre le ensañaba la mama a Orologio. Que aprendiera a imponerse a través de las acciones y que no recurriera a los argumentos verbales, por estos serían su perdición. Por el contrario, con las acciones y el disimulo nadie se ofende y siempre se logran los objetivos.

Orologio

Orologio veni pa´ decirte algo, pa´ que aprendáis algo en esta vida, que vos sos medio tarambana.

Mirá, cualquier triunfo que vos obtengas por la verborrea o como dice la gente decente y estudiada por la argumentación verbal, en realidad eso solo es una victoria de pacotilla. Y vos sabés por qué. Andá contestame.

 Ves, que no sabés. Porque los triunfos por el mero bla bla lo que traen es resentimiento y mala voluntad; metete esto en la cabeza, que grande la tenés.

Los hablachentos lo que generan son odios intensos y duraderos. En cambio, es mucho más eficaz obtener triunfos por las acciones, sin decir ni una palabra.

Por eso es que yo te dijo:

—No expliqueis, demostrá.

Estos eran los consejos que siempre le daba la mama a Tartaruga.

Scoiattolo Falco

En el año de la pera, el gobernador de turno mandó a expropiar una zona industrial que quedaba en la ciudad más cercana, pero se encontró que para entrar necesitaba un barretón, una garrocha o lo que fuese para abrirle un boquete a la pared que rodeaba la zona industrial, que parecía más una fortaleza.

Se acordó que días antes había visto unos picos y otras herramientas, que no eran suyas por supuesto, en un taller por donde había pasado; y como todo político, de una vez, ordenó a la policía que le dijeran al dueño que les mandara las mejores herramientas que hubiese en ese taller.

Los policías fueron y le dijeron eso al dueño del taller, que se llamaba Scoiattolo Falco. Éste de salio, preguntó:

—¿Cuánto hay pa’ eso?

No había terminado de cerrar la jeta cuando le dieron su planazo por las costillas, para que no fuese asomao. Y ante este consejo que le habían dado, Scoiattolo dijo que no había problema que se llevaran las herramientas que quisieran, sin costo alguno. Y así es que se gobierna, se dijo para sus adentros.

Pero como Falco no podía tener la jeta cerrada, les dijo a los policías que en verdad lo que ellos necesitaban era un destornillador de estrías, que con eso era suficiente. Y le dieron otro planazo por metio.

Scoiattolo, que no podía parar de hablar, siguió tratando de convencer a los policías de que el destornillador era la herramienta más adecuada. Les dijo que el pico no servía, que ni el taladro ni el esmeril tampoco, y mucho menos los cinceles que tenía. Que el destornillador era más fácil de llevar, porque cabía en un bolsillo, sino lo querían llevar en la mano.

Los policías le advirtieron a Scoiattolo que no discutiera las órdenes del gobernador. Pero éste siguió insistiendo en que el destornillador de estrías era la única herramienta que funcionaría, porque él sabía una vaina que los demás no sabían. Por estar de contestón, le arriaron otro peinillazo.

Ya llevaba tres, pero Falco seguía insistiendo y llegó al extremo de afirmar que él era el experto en la materia y que la policía ni el gobernador tenían idea de lo que hablaban. Ahí mismo le soltaron el cuarto peinillazo, y le advirtieron que cerrara la jeta.

Los policías, que conocían el carácter del gobernador, le aconsejaron a Scoiattolo Falco que se metiera por donde él sabía su pericia y obedeciera la orden transmitida. Que mañana temprano mandara las herramientas.

Una vez que la policía se fue, Scoiattolo siguió reflexionando sobre el asunto de cómo entrar a la zona industrial:

—¿Qué sentido tiene obedecer una orden que lleva al fracaso? Se preguntaba.

Así que de todas maneras solo le envió al gobernador el destornillador de estrías, seguro de que éste comprendería de inmediato lo eficaz de esta herramienta.

Cuando el destornillador llegó a manos del gobernador éste les exigió a los policías una explicación. Y les dijo:

—¿Qué carajo voy a hacer con este destornillador?

Los policías le contaron que Scoiattolo Falco había insistido en que el destornillador era la herramienta más efectiva, y que de pasapalo ellos le habían arriado cuatro planazos por el lomo.

—¿Por qué no completaron la media docena? Preguntó el gobernador.

Porque aunque se había comprometido a enviar todas las herramientas, Falco solo había enviado el destornillador.

Por supuesto, que el gobernador agarró una calentera del carajo.

De la arrechera que tenía el gobernador no se concentraba en cómo entrar a la zona industrial para expropiársela, antes de que estos zangaletones fueran a los tribunales y metieran un recurso de amparo. Lo único en que pensaba era como reventarle la madre a Scoiattolo, por impertinente y atrevido. Ordenó:

—Me traen a ese mal pario, pero antes me lo cosen a planazos. Ahorita mismo se van para allá y me lo traen.

Cuando lo trajeron a rastras y todo coñazeado, Scoiattolo Falco le explicó al gobernador, con todo detalle, las razones por las cuales el destornillador era la herramienta más adecuada. Además, Scoiattolo le dijo que siempre era bueno escuchar a los expertos en la materia y que si usaba otra herramienta lo lamentaría.

El gobernador, que no había oído nada de la tibiera que tenía, esperó a que Falco terminara de hablar, y ahí mismo lo mandó a poner en cueros y que lo encendieran a planazos hasta reventarle la madre. Mortadela quedó Falco en el sitio.

Lo que no sabía el gobernador era que Scoiattolo Falco había dedicado toda su vida a revisar la pared de la zona industrial día y noche, porque por ahí se quedaba a dormir una muchachita que a él le gustaba. Por eso Falco era respetado por su conocimiento en las ciencias de la averiguadera, y por eso mismo sabía que en la parte más alejada de la pared, entre un montarascal, había una puerta que estaba muy bien disimulada, la cual tenía las bisagras por fuera y los tornillos que las fijaban eran de estrías.

Por tanto, la mejor herramienta era el destornillador de estrías. Por eso Scoiattolo estaba seguro de que el gobernador entendería su razonamiento y terminaría por comprender que el chisme aunque no es neutral siempre debe imponerse.

—¿Cómo podía el gobernador persistir en su ignorancia? Se preguntaba Scoiattolo, si él tenía razón.

Scoiattolo Falco era de los que llaman argumentadores, de los habladores cómo mientan. Era de esos que no comprenden que al discutir con un superior impugnan la inteligencia éste y le alborotan las malas pulgas. Con lo cual, ya tienen asegurada la sentencia de muerte.

Scoiattolo Falco tampoco tenía percepción de con quien estaba tratando. Porque consideraba que estaba en lo cierto y rara vez se lo convencía de lo contrario. Además, cuando se veía acorralado lo único que se le ocurría era seguir discutiendo, con lo cual cavó su propia fosa.

No hay que alborotarle las malas pulgas a quien tiene el poder. Por lo tanto, hay que ser muy cuidadoso. Hay que aprender.

Orologio Tartaruga

En el taller de Tartaruga se encontraba desde hacía días un pedazo de mármol rosado con agujero grande, que a Orologio le recordaba a la manuelita; la que trabajaba en el mavil de la esquina.

O alguien lo había dejado ahí por descuido o por alguna deuda pendiente, eso Tartaruga no lo tenía claro. No sabía cómo había llegado al taller ese pedazo de piedra.

Como al mármol lo habían perforado por error dejándole un agujero en el sitio equivocado. El alcalde del municipio lo había comprado a precio de gallina flaca y había mandado a que lo dejaran en el taller Tartaruga. Todos los días pensaba en cómo aprovechar ese pedazo de piedra. Aunque fuese en una lapida para la suegra que había estirado la pata unas semanas antes, pensaba.

Esto tenía cabezón al alcalde, en cómo salvar el mármol estropeado. Pues quienes veían el mármol coincidían en que la piedra estaba arruinada sin remedio. De modo que, a pesar de que no había gastado mucho en comprar la piedra ni el dinero era de él, el bloque de mármol lo que hacía era juntar polvo en el taller de Tartaruga.

Así estaba el asunto del mármol, hasta que un día el alcalde se apareció en el taller de Orologio con unas latas de cerveza, y le dijo a éste:

—¿Qué podés hacer vos con ese pedazo de piedra Orologio?

Tartaruga que no sabía de qué le estaba hablando el alcalde. Se le quedó mirando mientras destapaba la lata de cerveza y se echaba un trago, le preguntó:

—¿De qué me estás hablando?

—De ese mármol. El que está ahí. Le respondió el alcalde.

—¿Esa vaina es tuya? Yo pensaba que lo habían dejado olvidado en alguna borrachera. ¿Qué pensás hacer con esa piedra?

—¿Qué se puede hacer? Decime vos, porque está estropeada.

—Que estropeada del carajo. De ahí sale una buena pieza, déjamela que yo te hago una vaina buena.

Así le dijo Orologio al alcalde, y con la misma tranzaron el pago. Porque Tartaruga ni a la madre le trabajaba de gratis.

 Tartaruga, que no le había parao bolas al pedazo de mármol, examinó la piedra con cuidado y llegó a la conclusión de que podía tallar una buena figura que se pareciese a la manuelita, si la adaptaba al agujero que le habían hecho.

El alcalde argumentó que a lo mejor aquello era una pérdida de tiempo, pues a lo mejor no se podía reparar el desastre que le habían hecho; lo que éste buscaba era que Orologio le rebajara el precio del trabajo. Tartaruga se hizo el pendejo, mientras el alcalde seguía hablando. Pero al fin accedió a pagarle a Orologio lo que éste pedía.

Tartaruga decidió representar a la manuelita en cueros, como él se la imaginaba cada vez que iba al botiquín a visitarla. La tenía, a la manuelita, entre ceja y ceja. Y a lo mejor al mostrarle la pieza la convencía de que lo quisiera.

Algunas semanas después, cuando Tartaruga daba los últimos toques a la escultura montado en un andamio, el alcalde entró en el taller. Como éste se la daba de experto en arte, estudió la obra y luego le dijo:

—Tartaruga la obra está del carajo, pero no te parece a vos que las orejas se ven demasiado grande.

Orologio, que olió que le iba a pedir una rebaja por esto, le dijo al alcalde:

—Subite, que aquí tengo un cocuy de penca que me trajeron antier y así te echas un guarapazo. Y además mirás la escultura desde aquí arriba. Vení.

Ni corto ni perezoso el alcalde se zumbó pa’ arriba, cuando estaban a la misma altura, Tartaruga, acordándose de su mama, le dijo:

—Echate un trago, y dejame que arregle lo que me estás diciendo.

Agarró un cincel y un poco de polvo de mármol. Y comenzó a simular que estaba arreglando las orejas, mientras iba soltando el polvo de mármol que había recogido. Así estuvo un buen rato simulando que tallaba mientras el alcalde ya se había echao cuatro guamazos por el pecho.

—¿Qué te parece ahora? Le dijo. Se ve del carajo, verdad.

—Del carajo, le dijo el alcalde. Mientras volvía a llenar el vaso.

Tartaruga, en verdad, no había cambiado nada, pero dio toda la impresión que lo había hecho.

Orologio sabía que no había que llevarle la contraria al alcalde, porque era el que iba a pagar. Y éste se vanagloriaba que sabía de arte. Si Orologio lo ofendía, al discutir el juicio del alcalde, éste era capaz que no le paga lo convenido y se arriesgaba a que no le encargaran más trabajos.

Gracias a los consejos de su mama, Orologio había aprendido a no discutir con los superiores y siempre darles la razón. Por tanto, la solución consistió en darle la razón al alcalde, cambiarle la perspectiva y darle unos cuantos tragos del cocuy de penca que tenía guardado para la ocasión. La táctica fue simple, no llevarle la contraria.

Orologio supo conservar la perfección de la escultura de manuelita. Incluso le dijo al alcalde que se había inspirado en la virgen de la consolación. Porque sabía que éste era muy devoto a esa virgen, y que gracias a su consejo la había mejorado.

Eso era lo que siempre le ensañaba la mama a Orologio. Que aprendiera a imponerse a través de las acciones y que no recurriera a los argumentos verbales, por estos serían su perdición. Por el contrario, con las acciones y el disimulo nadie se ofende y siempre se logran los objetivos.

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