Obed Delfín: VEJEZ Y ESCEPTICISMO

Opinión 12 de septiembre de 2021 Por Obed Delfin
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Considero que la mejor doctrina filosófica para la vejez es el escepticismo.

El cinismo no es adecuado, porque un viejo cínico es como una pedrada en una bola. Tal vez como una actitud privada podría ser. Pero pública debe ser la vaina más infame esa de calarse a un viejo cínico, que además de viejo y feo, venga a ser cínico. No, mejor no asumir está doctrina. Dejarla reservada para alguien mucho más joven.

El hedonismo no le va muy bien, y mucho menos un hedonismo activo. El cuerpo ya no le da para esos trotes. El hedonismo epicúreo podría ser, para un alma tranquila. Aunque éste podría causar cierta pasividad que agravaría ya el hacer lenteja de la ancianidad. Mejor es considerar otra doctrina, porque hay viejos que no se quedan quietos por nada del mundo.

Si el viejo se inclina por el estoicismo, no creo que le vaya bien. Esta doctrina es muy exigente. Y se necesita de mucho temple para llevarla adelante. Además, se podría confundir con resignación, y se podría pensar que ya el viejo está resignado a morir porque sus días están contados. El estoicismo, creo que no le calza bien a la vejez. Es más de espíritus hechos y derechos, de espíritus en su plena madurez.

Creo que me falta por considerar alguna doctrina, como siempre.

Las doctrinas helenísticas son doctrinas de espíritus jóvenes, arrogados y valientes. Tienen esa virtud. Son como una vuelta a los primeros tiempos del filosofar; que era más una sofia, una phronesis. Que un sistema filosófico. Era el pensar vivo y candente. Tienen esa particularidad de ser algo vivificante.

Ahora, volviendo a nuestro asunto, al viejo le va bien el escepticismo. Porque esta doctrina es lo contrario a la vejez. La vejez se basa en certezas, aunque éstas estén equivocadas. El viejo quiere fundar sus días de viejo en su experiencia, recurre a ella porque, por lo general, ya no le queda más nada.

Y ahí está el error. Quiere fundar sus años de vejez en verdades que él considera ciertas, y ahí es cuando se machuca una bola. Hasta tiene el desplante de decir: «Así lo he hecho yo siempre» o «así es como se hace» o «tengo toda la vida haciéndolo así». No quiere admitir nuevas formas de ni de hacer las cosas ni de pensarlas. Vive y quiere vivir en sus caducas certezas.

El escepticismo, por el contrario, necesariamente nos ubica en la duda; esto es, en el filosofar o pensar mismo. Porque filosofía sin duda no es filosofía. Es otra cosa, menos filosofía. Por eso, yo ya dudo de lo que estoy escribiendo en este artículo.

Al asumir el escepticismo, el viejo se libera de esa parranda de inútiles certezas. Y entra en otra dimensión. En la dimensión del espíritu pleno, de la liberación de toda atadura, en particular de las ataduras que la vejez trae consigo. Porque la vejez es un engaño, un engaño producto de las certezas asumidas.

El escepticismo es duda. Y si el viejo se abraza a la duda se salva metafóricamente de las trampas de la vejez. Su cuerpo seguirá siendo viejo, pero el pensar no. Esa es la bendición de la duda, que es liberación de las certezas.

Al derrumbar, el viejo, esas certezas chimbas en que basa su vida se abre a las posibilidades de ver el mundo de una manera nueva, y no del modo anquilosado en que lo percibe. Las posibilidades de recibir nuevas experiencias se hacen inmensas, porque tiene que hacer uso de los sentidos desde cero. Desde esta perspectiva tiene el viejo todas las posibilidades de ganar, pues no hay nada que perder.

Al iniciar de cero todo es ganancia. El mundo es nuevo en su totalidad. Entonces, el viejo se abre a las posibilidades de recibir un mundo de nuevos conocimientos y haceres. Ahí sí puede decir como Sócrates: «Solo sé que no sé nada». Y esto es una verdadera maravilla. Además, deja de ser un viejo pesado, un pelmazo, que todo lo sabe porque es viejo. Andá a que te den por el saco.

Al adscribirse al escepticismo, en cambio, el viejo se vuelve otro sujeto. Uno con ganas de aprender, de oír, de ver, de olfatear. Y esto es lo interesante. Se produce una vejez interesante, porque quiere oír que dicen los jóvenes y dar cátedra con su pinche conocimiento. Está abierto y atento al mundo.

Las certezas nos hacen que nos cerremos a lo que sucede a nuestro alrededor, porque ya tenemos las respuestas para todo lo que ahora sucede. Y si es un viejo de esos que se la pasan viviendo en el pasado, peor todavía porque están anclados en otro mundo que no es el presente.

Todo se mide por ese mundo que quedó atrás hace tiempo. El escepticismo es actualidad, un presente al cual poner en duda. Además, la suspensión del juicio es algo maravilloso, porque hace que el viejo deje de hablar y ponga atención a lo que le están diciendo los demás. Que esa es otra particularidad de los viejos no quieren dejar hablar los demás, porque ellos tienen la verdad de los años. Solo viven de quimeras.

La doctrina escéptica presenta todas las ventajas para llevar a cabo una vejez saludable en el aspecto mental. Porque vivifica el pensar del viejo, al asumir el escepticismo como forma de vida tiene que cuestionarse todas sus supuestas verdades, sus certezas y todas aquellas cosas en que había basado su hacer y pensar.

Tiene que volver a empezar, y esto como ya dije antes, es ganancia. El escepticismo es la doctrina más adecuada para la vejez, de allí la importancia de asumirla como forma de vida. Nos hará más placenteros esos años en lo personal, y en el intercambio social traerá muchos más beneficios con los otros por el aprendizaje que reporta.

Obed Delfín

Consultoría y Asesoría Filosófica

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