Obed Delfin: ESCUELA, VACUNAS Y DENTISTA

Opinión 12 de noviembre de 2021 Por Obed Delfin

Obed Delfin

Ayer acompañé a Purri Purri al odontólogo porque tiene algo en un diente, a lo que entramos al consultorio oímos que había un cristiano quejándose y pegando gritos como nunca se había visto; bramaba y clamaba que parara, que lo dejara descansar; rogaba el pobre como si estuviese en el tren rumbo a Treblinka, y eso que allí hubo sufrimiento para tirar para el techo.

Oyendo bien, me di cuenta que era un niño el que se quejaba (más tarde me di cuenta que, en verdad, era un niña). El llanto y las quejas de esa pobre cristianita me hizo recordar la escuela primaria. Creo que de esto ya he escrito en otra parte, pero no importa. Para mí la escuela primaria fue un buen lugar, no tengo ningún trauma de esa experiencia infantil.

Me gustaba, era una escuela grande. Tenía cantina donde uno a media mañana comparaba una o dos empanadas y una pepsicola dependiendo de lo que le dieran en casa, a veces uno se les compraba al señor Amaya, quien se paraba en la portón de la escuela con la olleta de empanadas; también la escuela tenía grandes patios para jugar, y eso era importante. No me fue mal a decir verdad, aunque yo era un poco tarado y me costaba aprender.

Lo importante es que de ella salí hecho un letrado, es decir, sabía leer y escribir.

Ese de debe ser el propósito general de la escuela y en mí se cumplió, tal vez no del todo por mi falta de sesera, pero ahí vamos llevando la vidurria. Pero el recuerdo al que aludí antes, son verdad dos recuerdos. Uno tiene que ver con las vacunas y el otro con el dentista.

Pobre del pobre, uno era un inocente lanzado a este Gólgota que es la vida. Y en este vivir que era ir a la escuela a jugar y entrar a clases, después de cantar todas las mañanas el himno nacional, uno la llevaba bien. Uno era feliz e indocumentado, como escribió el Gabo; si es que la felicidad consiste en jugar como un bendito.

En esas andaba uno así no más, creyendo que la vida era un jardín de rosas. Hasta que una mañana cualquiera y sin previo aviso, y dijo mañana porque yo estudiaba en el turno de la mañana, los cielos y el Helesponto se teñían de horror, las parcas hacían su aparición. Y como si el Averno se abriera en dos,  por las puertas del salón entraban las enfermeras vestidas de blanco y con una inmensa bandeja como si fuesen a hornear un chancho, pero en vez de un chancho lo que llevaban eran jeringas.

En ese instante el resuello se detenía, el corazón se paralizaba, el mundo se venía abajo y se oían muy cerca las trompetas de la caída de Jericó. En ese momento el aeda comenzaba a cantar la caída de los argivos, se oían llantos, quejidos y exclamaciones de pavor. Aquellas cuatro paredes de llenaban de horror, era como si el odio de Dios se hiciese presente.

Ahí estaban las enfermeras con las bandejas de jeringas y la cava de vacunas. Eran jeringas de vidrio, porque en ese entonces no existían las jeringas desechables; éstas eran de vidrio repito, se les ponía la agujas y todo eso se iba esterilizando. Por lo menos eran unas tres enfermeras que traían la desgracia, en ese momento, a la vida de uno.

Yo que no era muy valiente, ni aún lo soy, me poseía el espíritu estoico; apretaba ese culo lo más que podía y me decía para mi coleto:

—Así es la vida, te tenés que aguantar esta puyada aunque en eso te vaya la poca vida que tenés.

Ni Epicteto, tenía tal entereza y arrogo espíritu.

Las enfermeras se ponían a acomodar todo aquel instrumental por donde estaba el escritorio de la maestra, y uno viendo como la muerte lo agarraba por el cuello y lo lanzaba al suelo sin poder uno respirar. Los llantos no cesaban, los quejidos tampoco.

En una de esas una enfermera destapaba la bandeja de las jeringas y se descubría todo el horror de la vida; ya no había vuelta atrás, en aquel momento el destino ya nos había alcanzado.

Por último, con todo ya preparado. Las enfermeras, siguiendo a las Moiras que habían escrito y tejido el destino de cada cristiano que en aquel salón estábamos sentados en nuestros pupitres, comenzaban a llamarnos por nuestro nombre y apellido.

Caían las puertas de Troya y el océano profundo rebosaba con las lágrimas y la angustia de cada ser arrojado en el mundo que iban nombrando.

Como ya he dicho, me invadía el espíritu estoico y con el culo bien apretado cuando oía mi nombre me levantaba y he iba al frente, llamaban a varios a la vez.

Ya resignado y entregado, parado ahí frente a la enfermera me subía la manguita de la camisa blanca que me había hecho Purri Purri, eran camisitas de manga corta.

Porque el uniforme escolar de esos años era camisa blanca y pantalón caqui, las niñas creo que todavía usaban falda color caqui; el uniforme le resaltaba a uno el aspecto de pobre que ya tenía de nacimiento.

Yo me subía la manguita de la camisa a la espera de la inyección, y entre el espíritu estoico y el cínico, me quedaba mirando donde la enfermera me iba a meter la aguja en aquel bracito esmirriado, porque yo era flaquito como un carámbano, daba lástima y pena ajena.

Siempre hacía eso, mirar donde me iban a meter la aguja, debe haber sido una actitud cínica. Un día una enfermera me dijo:

—Mira para allá.

Yo aparté la vista mientras ella me inyectaba. Creo que fue la única vez que aparté la vista.

Pasado ese trance y ya todos vacunados las enfermeras se iban con su labor a otro salón. Y uno de ingenuo se le olvidaba aquello, como si nunca más se fuese a repetir. Hasta que un día cualquiera volvían a aparecer y todo lo antes narrado se repetía. El eterno retorno de la desgracia.

El otro crujir de dientes era el dentista.

Al igual que las enfermeras y las jeringas, un día cualquiera se aparecía por el salón aquella muchacha, que venía de parte del dentista, a llevárselo a uno a las profundidades de la desesperanza. Apenas entraba al salón se oían gritos, quejidos y llantos. Ya nadie más volvía a ser feliz, y eso que uno trataba de serlo.

Uno ya la conocía y sabía que lo venía a buscar a uno, cual Freddy Krueger. Traía ella cartulinas de dos colores: rosado para las niñas y azul para los niños. En ese entonces no había más géneros, ni discusiones de ese tipo. Éramos políticamente incorrectos.

Al verla entrar, era como ver las oscuras parcas. Lo venía a buscar a uno para llevárselo al inframundo de donde ya uno no volvería salir nunca jamás. Era el viaje los ríos infernales: al Estigia, el río del odio; al Flegetonte, río del fuego; al Lete, río del olvido; al Aqueronte, río de la aflicción; y al Cocito, río de las lamentaciones. Era simplemente la muerte. Era Caronte en persona.

Uno sudaba frío al verla entrar sabiendo lo que vendría después.

El divino Sófocles y el divino Esquilo tenían ahí material suficiente para escribir una docena de tragedias. Troyanos y Argivos nos abrazábamos bañados en lágrimas, conscientes de nuestra finitud y porque sabíamos que los dioses, en aquel momento, nos habían abandonado.

Ella entraba con sus cartulina de colores donde venían inscritos los nombres de los sentenciados. No había aire, el oxigeno desaparecía de aquel salón. Solo quedaba el dolor y la desgracia de haber sido elegido o sentenciado. Uno conservaba la esperanza de no ser nombrado, era último que le quedaba.

Se paraba ella al lado del escritorio de la maestra y cuando empezaba a llamarlo a uno por nombre y apellido, para que no fuese a haber confusión, se abría la caja de Pandora con todos los horrores de este vil mundo.

Cada vez eran solo unos pocos eran los sentenciados, pero igual se oían llantos y suspiros de alivio; los primeros eran de los nombrados, los segundos los que por el momento no lo habían sido, pero que otro día cualquiera lo serían.

En verdad, nombraba a unos pocos o podía ser que nombrara a uno solo del salón. Lo que recuerdo es estar en el primer salón del pasillo, junto a la Dirección de la escuela, por eso tal ángel que anunciaba la muerte llegaba a ese salón primero.

Si yo era uno de los mentados, me volvía a arrebatar el espíritu estoico: apretaba ese culo y tragaba saliva, me paraba y me ponía a su lado con aquella cara de desesperanza. Salíamos del salón e íbamos a otros salones a buscar más desgraciados e infelices. Nos íbamos caminando junto a ella, es decir, junto a Caronte por aquel largo pasillo hasta llegar al consultorio del dentista.

Si mal no recuerdo, y pienso que sí, creo que había unas sillas afuera y otras adentro para esperar el turno de ser llevados finalmente a la guillotina. Maximilien Robespierre, en persona, se encargaría de nuestra ejecución. Uno se sentaba allí a esperar. Dentro se oían gritos de espanto, como si le estuviesen sacando las entrañas en carne viva a un cristiano. Aquello eran llantos y quejas. Se decía que el dentista para sacarle una muela a algún desgraciado le ponía la pata en el pecho para afincarse con más fuerza, esos eran los cuentos de la crueldad.

Me recuerdo y me veo ahí afuera sentado sin pensar en nada, solo poseído por el espíritu estoico y oyendo aquellos lamentos. Para mi haber nunca lloré, solo me quejaba cuando el desgraciado me jurungaba la jeta. No por valiente, que no lo era; sino porque nunca lloré. Tal vez porque, a diferencia de Dumas, no tenia lágrimas para esos menesteres.

De eso algo me dijo, una vez, el dentista. A quien teníamos por maligno y sádico, aunque esta última palabra creo no nos era conocida.

Yo pasaba al consultorio abría la boca y él veía que tenía malo y que tenía bien; si hacía falta ponía calza o sacaba la muela o el diente. Cada quien se iba yendo, no recuerdo si uno volvía al salón o nos mandaban para la casa. De eso no recuerdo o tal vez es que salía uno sin memoria y sin vida del dentista.

Lo cierto es que la llegada de la muchacha (asistente del dentista, hoy sé eso, antes no) y de las enfermeras con sus jeringas era algo que llenaba de horror y espanto. Era el momento donde hasta el más guapo se cagaba de valiente, pues del presente se borraba toda felicidad y dicha. Era el momento de la verdad, donde no había ninguna Beatrice que lo llevase a uno de la mano por el averno que se abría delante de uno.


Obed-FE

Obed Delfin: Arquitecto (egresado de la UCV) - Filosofo (Egresado de la UCV) - Profesor Universitario - Amante de la vida y de la humanidad - Escritor


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