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Sida, la pandemia olvidada

Ciencia/Tecnología 11 de diciembre de 2021 Por Sergi Alcalde - National Geographic
sida

El 5 de junio de 1981, un informe publicado por los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) informaba de cinco casos de una extraña neumonía en jóvenes homosexuales residentes en Los Ángeles que no presentaban patologías previas. El doctor Wayne Shandera, uno de los primeros en investigar aquella dolencia, afirmaba que todos ellos padecían infecciones inusuales, lo que indicaba que su sistema inmunitario parecía estar fallando.

Meses después aparecieron otros casos de sarcoma de Kaposi (SK) e infecciones oportunistas en hombres sanos homosexuales en California y Nueva York. Aquella nueva enfermedad de evolución rápida y mortal pronto sería detectada también fuera de Estados Unidos. Acababa de empezar la peor epidemia de la segunda mitad del siglo XX, lo que más tarde se llamaría “síndrome de inmunodeficiencia adquirida”, aunque por aquel entonces los medios de comunicación hablaban de la aparición de un ‘cáncer gay’ o ‘cáncer rosa’, pues vinculaban la enfermedad al colectivo homosexual. 

Hasta 1982 no se demostró que la transmisión de aquel agente infeccioso se producía a través de la sangre y por el intercambio de fluidos sexuales. Fue entonces cuando se bautizó con el nombre de AIDS (Acquired Immunodeficiency Syndrome, por sus siglas en inglés). El año siguiente, laboratorios del Instituto Pasteur de París aislaron e identificaron aquel patógeno, al que llamaron virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).

En los años ochenta aquella epidemia se transmitía a una velocidad de vértigo. En España, a principios de la década de 1990 la infección por VIH llegó a ser la primera causa de muerte entre personas de 20 y 40 años. Y por si aquello no fuera suficiente, la alta transmisibilidad del virus acabó por desatar otra pandemia: la de la estigmatización de los enfermos. Los infectados con el VIH eran arrinconados por la sociedad debido a la desinformación y el desconocimiento que se tenía sobre la enfermedad en aquella época. Mucha gente creía que el virus se transmitía por la saliva o por el simple contacto físico, lo que dio pie a múltiples campañas de información y concienciación ciudadana que, sin embargo, no consiguieron acabar con un estigma que pervive hasta nuestros días.

Debido a la alta eficacia de los medicamentos antirretrovirales, hace décadas que el sida ha dejado de copar titulares de periódicos. Hoy ya no es un tema de conversación habitual, no es motivo de preocupación social ni de alarma sanitaria. Es probable que muchos jóvenes ni siquiera hayan oído hablar del virus de inmunodeficiencia adquirida. Sin embargo, los que ya tenemos una edad recordamos aquellos años tan duros en los que aquel patógeno despiadado acabó con la vida de personas muy cercanas, muchas de ellas muy jóvenes.

Pero la batalla todavía no está ganada. Cabría recordar que, mientras hoy nos debatimos en cómo poner freno a la variante ómicron del coronavirus, el sida sigue siendo una enfermedad sin cura ni vacuna que se estima que ha segado la vida de más de 35 millones de personas en todo el mundo y que todavía es una gran amenaza en regiones como África, donde se calcula que residen hasta dos tercios de todos los infectados del planeta. Y no solo eso. Aunque hoy los tratamientos antirretrovirales han conseguido controlar el virus, más de 10 millones de personas no tienen acceso a ellos, con lo que cada año siguen muriendo unas 700.000 personas en todo el mundo. Es por ello que nunca está de más recordar en qué consiste el sida y cómo se puede combatir, datos que hemos actualizado esta semana con motivo de la celebración del Día Mundial del Sida.

En la otra cara de la moneda, los resultados de las últimas investigaciones científicas son prometedores. Los avances en los tratamientos antirretrovirales han reducido el número de fármacos necesarios para combatir el virus. Además, en los últimos años han surgido nuevas medidas de control, como la detección y tratamiento precoz, o la profilaxis pre-exposición (PreP), que consiste en administrar fármacos antirretrovirales a personas no infectadas pero con una alta probabilidad de hacerlo. Una herramienta diseñada para la población de riesgo que no usa preservativo como método de prevención.

A la espera de una vacuna preventiva, las vacunas terapéuticas podrían ser parte de la solución. Se aplicarían a pacientes infectados para controlar la enfermedad. Este tipo de fármacos podrían ser pronto una realidad, a tenor de los resultados de investigaciones como la publicada recientemente en la revista Annals of Internal Medicine sobre una mujer argentina infectada de VIH que ha visto cómo el virus desaparecía por completo de su organismo sin necesidad de tratamiento antirretroviral. Parecía que su sistema inmunitario había aprendido de alguna manera a deshacerse del VIH sin ningún tipo de ayuda externa. La clave: un tipo de células T asesinas que parecen mantener al virus inoperativo sin necesidad de medicación. Bautizaron el caso como el de la ‘paciente Esperanza’, un nombre muy acertado, y esperemos que certero.

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Fuente National Geographic

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