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Pompeya, una joya de la arqueología

Cultura 18 de diciembre de 2021 Por Guiomar Huguet Pané
Pompeya
Pompeya Imagen de Google

Casi 2.000 años después y como si de un ave fénix arqueológica se tratara, la antigua ciudad romana de Pompeya todavía hoy no ha dejado de sorprendernos. Quizás su extendidísima fama, la accesibilidad de sus ruinas y la cantidad de información de que disponemos ha contribuido a normalizar este yacimiento único, pero lo cierto es que Pompeya es una de las grandes joyas de la arqueología mundial.

Es tan conocida la erupción volcánica del Vesubio que en el año 79 sepultó la urbe, que prácticamente huelga contarlo. Una historia menos conocida es la de Roque Joaquín Alcubierre, pues fue de la mano de este español que los primeros restos de Herculano, y seguidamente los de su ciudad vecina, salieron a la luz. Siempre se había mantenido el recuerdo de unas antiguas ruinas en la zona, pero no fue hasta 1738 cuando este ingeniero militar desenterró los primeros vestigios para el mundo. Primero emergió Herculano, pero las capas de sedimentos volcánicos que cubrían Pompeya eran más finas y las excavaciones proliferaron mucho más rápido en este segundo enclave.

Y desde entonces, la historia nos traslada hasta la actualidad. Desde los años 30 del siglo XVIII hasta los años 20 del siglo XXI —es decir, casi 300 años después—a día de hoy, grupos de fascinados arqueólogos siguen destapando nuevos descubrimientos. A lo largo de todo este tiempo se ha ido desempolvando una ciudad entera perteneciente a la época romana, y describirla como una ventana al pasado apela casi a un significado literal.

Este viaje arqueológico de casi tres siglos ha hecho emerger de entre los recovecos de la historia casas, plazas, calles, edificios, rincones e incluso situaciones para ponerlas delante de nuestros ojos con total nitidez en nuestro presente. Todo ello, hay que decirlo, conservado de forma magnífica y con todo lujo de detalles gracias a los materiales volcánicos que, desafortunadamente, 2.000 años atrás sepultaron la urbe y sus habitantes.


Así, hoy podemos entrar en la Casa del Fauno —donde se encontró un mosaico con una de las representaciones más famosas de Alejandro Magno— la Villa de los Misterios, el impresionante Foro con la silueta del Vesubio al fondo, el lupanar y sus famosos frescos eróticos sobre los dinteles, las termas, el anfiteatro…

Pero, de entre todos los hallazgos que muy a menudo copan las noticias arqueológicas, uno de los que más impactan y atraen a partes iguales son los moldes de yeso de las víctimas de la erupción. Impresiona mucho ver siluetas congeladas (en realidad, calcinadas) en la última postura que adoptaron un instante antes de morir; algunos retorciéndose, otros tratando de cubrirse. Se han hallado hombres y mujeres de todas las condiciones, niños y niñas e incluso fieles perros que montaban guardia en la puerta de la casa de sus amos.

Resulta escabroso, pero gracias a ellos, en muchas ocasiones, hemos podido saber cómo vestían, qué comían (te lo contamos en este artículo sobre el pan que consumían), a qué tipo de locales acudían, qué aspecto tenían; se ha podido incluso observar su estructura cerebral o leer inscripciones de propaganda electoral en los muros de las casas que, sin saberlo, alguno de ellos dejó inmortalizadas para siempre.

A pesar de haber leído sobre él, haberlo estudiado en profundidad y de haber visto infinidad de imágenes, la visita al yacimiento nunca deja indiferente. Es como verlo por primera vez, y es que tomar consciencia de que, de hecho, estamos caminando sobre el pavimento de las mismas calles y aceras que los pompeyanos pisaron siglos atrás, como mínimo, nos hace estremecernos e irremediablemente nos revela nuestra insignificante situación en la larguísima línea temporal de la historia del ser humano.

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Fuente National Geographic


Guiomar
Guiomar Huguet Pané
Redactora de National Geographic España  

Funeraria Jardines de San Felipe

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