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Obed Delfín: LOS ZAPATOS

Cultura 19/12/2021 Obed Delfín

LOS ZAPATAOS

Planifiqué bien la ida a comprar las cosas que necesitaba para arreglar algunas vainas pendientes; incluso me hice una lista, no muy larga pero si necesaria.

Lo primero fue pedirle a Belkys el aventón por la mañana.

—A las nueve salgó mañana estate pendiente, no más; me dijo.

Y así estuve. Me desperté a las 8 porque más temprano imposible; el bañito respectivo, porque salir a la calle oliendo a guaralito de mortadela no es muy recomendable; me vestí y me pare frente a la casa a esperar que la Belkys saliera.

A cada rato miraba la lista para aprendérmela de memoria y recordar para donde era primero que tenía que ir. Comprar el tornillo era lo primero, para arreglar la puta cocina; porque con esa fuga de gas lo que puede es explotar la casa.

Otra cosa importante era pasar por alguna zapatería, porque los zapatos que tenía para salir a comprar el pan y otras cosas con la impermeabilización se volvieron mierda. Como solo tenía esos zapatos tuve que usarlos cuando estuve arreglando la fisura de la filtración del techo, y entre el asfalto, el chapopote y la mezcla de cemento se volvieron fleco los pobres. Lo único bueno que le pasó a los zapatos fue que les quedó una suela de chapopote como de tres dedos de grueso. Y de blancos, o marrones, quedaron negros.

Salió la Belkys y me embarqué en su carro. Iba en el puesto de atrás como quien va por primera vez a la ciudad, mirando para todos lados.

—Te dejó al cruzar, dijo la Blekys.

—Está bien, ahí es bueno. Dije yo.

Me bajé y me fui ajilaíto a buscar el tornillo, porque era lo primero de la lista. Llegué a la vaina esa y estaba cerrado, la tornillería tenía pinta de que tenía tiempo cerrada. Había caminado como diez cuadras. Me dije:

—Por dónde coño habrá una venta de tornillos por estos lados. Me voy a ir por esta acera, agarro por los bomberos y ahí le echo pata para arriba.

¡Milagro de Dios! Voy caminando, como Manacho, cuando veo una tienda que dice:

“TODO TIPO DE TORNILLOS”

—La puta madre que lo parió, dije para mi coleto.

Cruzo la calle y preguntó:

—¿Tienen un tornillo de este diámetro y de esta rosca?

 El hombre peló por el vernier, midió y se fue para dentro. Al ratico regresó metió el tornillo en la rosca y cayó como anillo al dedo.

—Dame cuatro, le dije.

Ni siquiera pregunté cuánto costaba el tornillo, error garrafal en esta revolución bonita. Después pregunté. La muchacha me dijo: 1,80

—Bolívares o dólares.

—No, bolívares. Dijo ella.

—Dame cuatro, confirmé.

Más adelante entre a una ferretería y pregunté:

—¿Venden este tipo de  pila?

Mostrando la que llevaba en la mano. Me dijeron que nones. Ahí mismo pregunté:

—¿La casa de las pilas todavía existe en el centro?

—En la Pink Panter, es más seguro que la consigas.

Me acordaba de ese negocio, pero no donde quedaba. Esta vaina no es muy grande, me meto por esta calle y más adelante pregunto dónde queda. Esa era la segunda encomienda de la lista.

Ya iba por la plaza Bolívar y veo una zapatería, de esas donde los muchachos gritan más de lo que venden. Y pregunté:

—¿Cuáles son los zapatos de 15 dólares?

Porque ese era el pensado, comprarme unas chancletas, porque no se les puede dar otro nombre a unos zapatos que cuesten ese precio. Eran unos zapatos deportivos, esos que uno llama botas.

El muchacho me mostró unos zapatos. Estos de aquí abajo son los de 15 dólares, sin querer halagarlos eran bien feos, los pobres. Aproveché la circunstancia y le pregunté, yo estaba más preguntón que Sócrates:

—¿Dónde queda la Pantera Rosa?

—Aquí mismo, cruzas a la izquierda cuando llegues a la próxima esquina cruzas  a la derecha.

Este carajo ha leído a Aristóteles, pensé. Porque quien da una dirección con esas coordenadas es aristotélico por todo el pecho.

—Gracias, mi amistad, le dije.

Y seguí a comprar la pila. Llegue a la Pink Panter y pregunté:

—¿Tienes pilas de este tipo?

—Sí tengo, contestó la mujer de manera tajante. Y agregó: GPU.

—¿Cuánto cuesta?

—Dos dólares, respondió al golpe.

Ahí mismo se la menté al inmortal. Porque en este momento toda compra debe ir acompañada de una mentada de madre. No hay otra.

—Dámela. Si así nos tienen, agregué.

—Eso es verdad, dijo la mujer.

Pagué con un dolor en el alma. Salí y me dije: La próxima parada es el banco.

Había como siempre una cola para los pellejos, en esa me metí. La vaina se tardaba y pensé: Yo lo que vengo es a cambiar estos billetes viejos, esto es miseria. No vale la pena hacer esta cola, mejor me voy. Y me fui.

Aquí viene lo importante. Salí pensando en los benditos zapatos de 15 dólares, unos que yo había visto días atrás cuando estuve preguntando por el asfalto líquido. Voy a acercarme a esa zapatería, me dije. Y para allá agarré, en aquel moridero de pobres iba pensando en los zapatos y en los 15 dólares que costaban, porque uno anda más recortao que chaleco de mesonero.

En eso miró para la otra acera y veo una zapatería. Voy a mirar para allá, pensé. Crucé la calle como quien tiene plata, muy decidido. Me pongo a mirar. Y le pregunto a un muchacho que está ahí parado.

—¿Esos números que están ahí es el precio de los zapatos?

—Sí. Estos cuestan 10 dólares, estos otros 9.

Había varios precios, esos eran los que estaban más a la calle. Para llamar la atención del inocente e ingenuo.

—Gracias, ¿y la talla?

—La que diga el zapato.

—Gracias.

Yo estaba muy decente esta mañana.

Veo que hay unos a 8, y otros a 9. Y unos a 6 dólares. Estos son dije para mis adentros. Los agarro y veo que la talla es 38.

¡El rin de mí caucho, mamá!

A mí lado una muchacha, con su uniforme de la zapatería, me dice:

—A su orden.

—¿Estos zapatos me los puedo medir? Porque uno no puede confiar en la talla que dice ahí.

—Sí, por supuesto. Venga para acá.

Y para allá me fui. Yo iba preparado: me había puesto medias limpias y que no tuvieran huecos. Porque no es para estar pasando vergüenza en la calle con unas medias todas rotas. Me senté, me saqué el zapato y me medí los zapatos de 6 dólares.

Sentí un roce en el dedo gordo. Y me dije: Unos zapatos de 6 dólares no se pueden comprar de la talla de uno, porque son capaz y se encogen. Y está lloviendo mucho.

—¿Tendrás talla 39 o 40?

—Sí, ya se la busco.

La muchacha, además de linda, muy amable. Se fue a buscar los zapatos. Mientras tanto, yo le volví a meter el papel que traen los zapatos adentro y les amarré los cordones. Qué más podía hacer, estaba dando demostraciones de que era ordenado.

La muchacha regresó y trajo, como había prometido, la talla 39 y 40. Me medí primero los 39 para no ser desconsiderado, porque yo ya tenía en mente que iba a comprar la talla 40, por si acaso. Me medí  primero los 39 y luego los 40, y le dije:

—Me voy a llevar estos.

—Está muy bien, dijo ella.

Yo viendo que esos zapatos costaban 6 dólares, le dije:

—¿Puedo pagar en bolívares?

Porque uno nunca sabe.

—Sí, no hay ningún problema.

Esa muchacha era un encanto.

—¿Y ahora que tenemos que hacer?, le dije.

—Vamos a la caja y ahí paga.

—Gracias, le dije.

Me levanté, les di los otros zapatos que ella había traído, eso sí bien acomodaditos se los di. Nos fuimos a la caja.

—Ahí detrás de esta muchacha, me indicó.

—Gracias, le dije nuevamente.

Con veinte años de menos no habría esperado por sus proposiciones, decía el viejo Silvio. Pagué los zapatos, los metieron en una bolsa y para fuera. Yo aproveché y los metí en una marusa de tela que siempre llevo cuando salgo a comprar algo. Miré a ver si veía a la muchacha para darle las gracias, pero no estaba; debe haber estado acomodando los zapatos que había sacado.

Ya en la calle, miré la lista y vi que me faltaba por preguntar por unos guantes de trabajo y que no había cambiado esos putos billetes viejos. Ni modo, me dije.

Agarré hacia mi derecha y me fui caminando hacia arriba como quien va para el cielo con zapatos nuevos, aunque sean de 6 dólares.

Funeraria Jardines de San Felipe

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