
Cuando se debate sobre la industria petrolera y el mercado de derivados en Venezuela, suelen surgir falsas creencias en torno a la calidad y los procesos de refinación. Uno de los mitos más frecuentes es la supuesta incapacidad técnica del país para producir «gasoil rojo» o «gasoil verde», como si estos colores respondieran a un tipo de crudo exótico o a una tecnología inaccesible. La realidad, vista desde la perspectiva de la industria, es profundamente distinta: el color del diésel no es más que un marcador fiscal y normativo, una herramienta de control tributario que nada tiene que ver con la capacidad de refinar hidrocarburos.
Para entender por qué en Venezuela no existen estas tonalidades, vale la pena mirar el espejo de nuestros vecinos sudamericanos. En Brasil, por determinación de la Agencia Nacional de Petróleo, Gás Natural e Biocombustíveis (ANP), el diésel de tipo S500 se comercializa teñido de color rojo para distinguirlo visualmente de otras especificaciones y prevenir fraudes comerciales. Por su parte, en Colombia y en los países de la Unión Europea o Estados Unidos, el uso de pigmentos cumple un fin estrictamente fiscal: diferenciar el combustible automotor que paga el impuesto completo de aquel destinado a sectores subvencionados o exentos —como el gasoil agrícola o pesquero (frecuentemente rojo) o el destinado a calefacción e industrias (verde o azul)—.
En Venezuela, el circuito de refinación nacional —que incluye el Complejo Paraguaná (Amuay y Cardón), El Palito y Puerto La Cruz— procesa y entrega destilados medios bajo un esquema de especificaciones unificadas. Por un lado se produce el Diésel Automotor (orientado al transporte pesado y público) y, por otro, el Gasoil o MDO para la generación termoeléctrica, la industria y el sector marino, todo ello sin alterar la pigmentación natural de fábrica.
Añadir líneas de pigmentación diferenciada no es un problema de ingeniería ni de falta de tecnología, sino de lógica logística y operativa. Requeriría una costosa infraestructura de aditivado extra, desde tanques de mezcla y sistemas de inyección de colorantes hasta poliductos y tuberías dedicadas. En un contexto donde la prioridad técnica del parque refinador se centra en la recuperación paulatina de las unidades de hidrotratamiento y en maximizar el volumen base para saciar la demanda interna, sobredimensionar las plantas con colorantes comerciales carece de sentido práctico.
En definitiva, la ausencia de gasoil rojo o verde en Venezuela no evidencia un atraso tecnológico, sino la inexistencia de un esquema de marcaje fiscal por colores.
Mientras en países como Brasil o el bloque europeo se usan los tintes como inspectores visuales de impuestos y subsidios, en Venezuela la distribución del diésel industrial, agrícola y de transporte se gestiona bajo una misma base refinada, regulada mediante asignaciones directas y tarifas sectoriales, demostrando que la verdadera esencia del combustible está en su capacidad de energizar al país, y no en el tono que lleva por dentro.