
Decía yo hace no mucho que sería raro que la IA no siguiese copando conversaciones, pero la verdad es que no pensaba que fuese a ser tan rápido. No obstante, el contexto manda.
Desde que me sumergí en la lectura de El ángel de la Inteligencia Artificial, de Agustín Fernández Mallo, veo la capacidad de esta nueva tecnología de una forma diferente. Por un lado, entiendo sus ventajas y aprecio su ayuda. Por otro, reconozco todavía más si cabe sus limitaciones y lo lejos que está de llegar a funcionar como una mente humana. Sin embargo, percibo que el peligro actual no está en la máquina sino en la persona que la maneja.
En el caso de las profesiones creativas, la irrupción de la IA ha convertido un proceso en una solución instantánea. Pero como todos sabemos, en estos casos la rapidez suele ser enemiga de la calidad. Por eso, a pesar de lo útil que nos pueda ser una herramienta de traducción instantánea para entender textos o páginas web escritas en otros idiomas, una IA todavía está muy lejos de hacer un trabajo de traducción literaria tan bien como un profesional (humano). Y como explica Cristina Cela Gutiérrez, los errores se ven a leguas.
La falta de belleza no parece ser, sin embargo, un impedimento a la hora de ahorrar costes. De ahí que ahora estamos rodeados de carteles no especialmente bonitos pero si esencialmente iguales. Sin embargo, como destaca Iria María Santos López, el problema no es (solo) la IA, sino nuestro criterio.