Hacer una lectura correcta de lo que realmente representa la popularidad es una tarea indispensable para quien ejerce la política en escenarios que cada día se tornan más complejos.

Nuestra historia reciente está llena de resultados nefastos por la transferencia de legitimidad mediante el manto de liderazgos nacionales que hacían incuestionable decisiones que no contaban con la aprobación popular.

Vimos como personas desconocidas eran ‘ungidas’ de una legitimidad inconsulta que fue divorciando a la ciudadanía de toda decisión que se tomaba en nombre de ella.

La legitimidad no sólo comenzó a ser impuesta desde el poder del estado, esta práctica no fue un hecho que solo se practicara en las estructuras del gobierno, sino que la ‘cuota’ fue adoptada por las altas esferas de los partidos opositores. Y mientras un sistema se sostenía bajo el ultraje del erario público, el otro lo hacía mediante un financiamiento extranjero, que hoy cobra su inversión con sus respectivos Intereses de mora. Es la ejecución de una hipoteca disimulada que está en desarrollo y de la que MUY POCOS hablan, porque casi todos tienen más de una letra firmada y también ‘vencida’.

Contra eso fue que insurgió la ciudadanía, dejando claro que algunas conductas no contaban con el aval ciudadano. Gracias a esto, fuimos testigos de un repentino descalabro del respaldo popular a muchas organizaciónes que todavía no logran hilvanar una reconciliación con las masas. Hoy, el tema de la confianza del electorado está caracterizado por la singularización de perfiles. Por eso vemos que a pesar de una uniformidad de criterio sobre un perfil específico a nivel nacional, en las regiones también sobresalen perfiles que no son valorados desde la perspectiva de la organización política donde militan, sino por SU CONDUCTA.

Aquí está un elemento que NO DEBERÍA pasarse por alto a la hora de tomar decisiones o realizar ciertos ‘cuadres’. Y es que hoy existe una vigilancia rigurosa que se ejerce SIN CONCESIONES, esto pudiera explicar porqué la aprobación de ciertas individualidades es incompatible con los porcentajes de aceptación de las organizaciónes políticas donde militan.

Pudiera pensarse que hoy día NO HAY cheques en blanco, ese pudiera ser el mensaje encriptado que aún no se logra DESCIFRAR. Lo cierto es que esa realidad estadística está ahí, y no debería ser IGNORADA, porque la estadística es una ciencia y el comportamiento del pensamiento social también.

Así que asumir el riesgo de ponerse a pensar por los demás resulta un tanto TEMERARIO. Las recientes reacciones a la reunión de Panamá es un ejemplo tácito de lo que TRATO de reflexionar, asomando un enfoque desde el que MUY POCOS MIRAN.

Hace unos meses atrás, advertí sobre lo peligroso y censurable que era el cambio de valoración en una narrativa donde unos narcoterroristas comenzaron a ser el «simpáticos». Hoy aquella advertencia es una aseveración en decenas de comunicadores y analistas que censuran un virage político demasiado pragmático y cínico, el cual muchos todavía no condenan, porque las hipotecas pesan. Pero tengan como insumo, antes de dar un paso, que el pueblo los OBSERVA.

A muchos ya les ha sido muy costosa la uniformalizacion del pensamiento y la singularización de la democracia y la política. Hay muchos ejemplos no muy lejanos donde la popularidad, el poder del estado y el despilfarro de la renta petrolera no fueron suficientes para imponer fórmulas que la ciudadanía NO DIGERÍA; donde se pudieran contrastar algunos planteamientos que aspiran sostenerse sobre la base de una popularidad asediada por factores de poder externos e internos. A mí entender, algunos rumores de acuerdos ya preestablecidos pudieran convertirse en el resultado abverso de «cuentas mal sacadas».

Pretender reestablecer a una sociedad convulsionada la comunión con un pasado con el cual tuvo una ruptura abrupta. Pareciera ser un mal manejo de un capital que puede tornarse efímero, y que lo ha sido, desde el enfoque concreto del acceso al poder.

Usar una popularidad particular para vestir de legitimidad un reparto de cargos inconsultos, pudiera representar la reedición de ciertas catástrofes electorales, en una atmósfera social erosionada, donde la ciudadanía ya AVISA en las redes que NO HA FIRMADO algún tipo de cheque en blanco.

Hoy la LECTURA de la reacción social reviste un carácter obligatorio, la realidad es que la popularidad no nos ha llevado a un ejército concreto de soberanía, por la diversidad de factores e intereses que gravitan en torno al poder. Cuánto más complejo debe ser el reto de legitimación de lo inconsulto.

Libardo Linarez

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