En 1951, Mario Briceño Iragorry publicó Mensaje sin Destino, un ensayo que hoy, a la luz de los acontecimientos que sacuden nuestra geografía, se lee más como una profecía sombría que como una advertencia histórica. En aquel entonces, Don Mario diagnosticaba una «crisis de pueblo» caracterizada por el desarraigo y una peligrosa dependencia de la renta petrolera que, a su juicio, nos desconectaba de la tierra y de nuestra memoria. Mientras otros veían en el crudo el motor del progreso, Briceño Iragorry advertía que, sin una identidad nacional sólida, la riqueza del subsuelo solo traería facilísmo, consumismo y la sustitución de nuestros valores por esquemas foráneos.



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